Un cuento de Adelaida Jaramillo

La hija de la señora Azucena bajó ocho libras desde su última prueba. Mariela había logrado reacomodar el cierre, pero el vestido y la chica habían perdido su forma original. Lo que le pasaba a la joven la inquietaba mucho, pero su problema no eran los chismes que corrían en el barrio, sino volver a entallar el vestido de novia de la mujer que estaba desapareciendo en cada visita.

Mariela empezó a inventar vestidos a los cinco años en la casa de su abuela. Un caserón viejo y lúgubre en el que había una habitación que acumulaba las cosas de los que se fueron. Había un escritorio con herramientas, cartas, una colección de sellos, álbumes fotográficos y los instrumentos de medición de su abuelo. Otra mesa con figuras de porcelana, recetarios, joyas de fantasía, vendas elásticas y rosarios de su tía. La maleta con hilos, agujas, telas y tijeras no sabía de quién era, pero esa y el armario que estaba a la entrada, lleno de la ropa negra, era lo que más le gustaba tocar.

Frente al espejo de esa caja de caoba, Mariela se vestía con la ropa de los muertos.

Con los chales de su tía lograba crear mangas, cinturones y tocados. Con las faldas largas o una simple bata conseguía diseñar un vestido con el que hubiera podido asistir a una fiesta victoriana. Mariela usaba las tijeras como si fueran una extensión de su cuerpo, y recortaba, y recortaba con tal precisión que esas prendas prestadas parecían nuevas. Diseñaba siempre y cuando no la agarrara algún adulto metida en esa habitación a la que no le estaba permitido entrar para que no le haga daño el polvo.

El vestido de novia que estaba cosiendo no era un diseño suyo. La chica había llevado al taller una revista y le había dicho que quería ese modelo, porque a Elías le gustaba lo sencillo. ¿Y a ti? Le preguntó Mariela, pero la joven no dijo nada, así que le sugirió cortar las mangas, “mira… dejamos el vestido igualito, pero con las mangas pequeñas, porque la verdad es que tan largas se ven un poco anticuadas”. La chica intranquila le dijo que no, no, no y no. Que ella había quedado con su novio en algo y que prefería que el vestido se vea como él quería.

A Mariela en más de una ocasión le habían prohibido que entre a dañar la ropa de la familia. “No puedes entrar a cortar esta ropa, niña. Estás acabando con lo poco que queda de ellos”, pero ella no lo entendía así. Para ella era darle vida a esos pedazos de tela de nadie que estaban destinados al olvido y a convertirse en polvo como sus dueños. Nunca entendió por qué a las personas que la rodeaban les era tan difícil aceptar que, a veces, los cambios son necesarios.

Para la primera prueba Mariela notó la pérdida de peso de la joven, pero le pareció que no era nada anormal. Aunque sí le llamaba la atención que quisiera bajar aún más para la boda, porque era una mujer bastante delgada. Sin embargo, había atendido a tantas novias que sabía que se estilaba quedar en los huesos para el día del evento.

Intentó entrar en el vestidor con ella, como hacía con todas sus clientas, pero la chica no quiso que la viera. Mariela esperó con su pulsera de alfileres a lado de la máquina de coser para hacer los últimos cambios. “No te preocupes. Solo tengo que meter un par de centímetros y quedará bien” le dijo en voz baja a la novia. “Si quieren podemos hacer una segunda prueba” le propuso a la mamá.

Mariela nunca se imaginó siendo una novia, ni siquiera una sola vez durante tantos años en los que vio decenas de vestidos blancos en su taller. Nunca se imaginó dentro de ninguno de ellos. Nunca, pero le encantaban las novias. Le encantaba ver a las chicas nerviosas, desbordando emotividad en las pruebas, a veces, estas resultaban tan felices que la invitaban a sus bodas como un gesto de gratitud por cumplirles sus sueños. Nunca había visto a una novia que no luciera feliz y, a la vez, nunca le había conmovido ninguna.

Para la segunda prueba, Mariela olvidó por completo el peso de la chica, puesto que notó que a través del encaje de las mangas se transparentaban unas manchas en los brazos de la novia y se distrajo tanto por las moraduras, que se olvidó de ajustar la cintura y el pecho para achicar el vestido y fue a sentarse corriendo a la máquina de coser para pegarle una tela de color carne a las mangas. Cosiendo recordó haber visto esas manchas en los brazos de su tía, la de los rosarios y, mientras recordaba este episodio del cuartito de los muertos se traspasó el dedo con la aguja de la máquina. Chaj.

Aunque fuera solo un pedacito el vestido blanco se había pintado de rojo. Se disculpó y les pidió a Azucena y a su hija que regresen a una tercera y última prueba, y así lo hicieron. La costurera, sin ninguna certeza, calculó que la muchacha había bajado ocho libras más, porque para ese entonces el vestido parecía estar suspendido en un palo y no en una persona. Además de irreconocible, la chica lucía pálida y algo ida, pero la preocupación de una costurera era el vestido y, saber que ya casi no le quedaba tiempo para la boda la desesperaba, porque tendría que deshacer todo, volver a hacer patrones, recortar y coser, todo con el dedo inútil, reciclando esa tela que había sido alterada tantas veces. Coser pensando en el desaparecido cuerpo de la joven.

Mariela iba por la mitad de los arreglos cuando le llegó el rumor de que ya no había boda y de que el novio dizque tenía mucho dinero y que difícilmente lo iban a encontrar. Cuando confirmó la noticia sumergió todo en tinte negro, luego tomó sus tijeras y convirtió a las mangas en un velo para ir a la misa y con lo que quedaba del vestido se hizo una blusa de mangas cortas, bien cortas, para que todos en el barrio pudieran verle sus brazos.

Esto no es un blog de reseñas de libros. Yo escribo lo que vivo cuando leo.

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