EL PESO DE LOS KILÓMETROS

¿Habré dormido bien? Hay días en que me levanto y veo las cosas borrosas. ¿Cómo saber si se movió un centímetro, o un metro? Yo siento que está más lejos, a lo mejor sigue ahí, inamovible. Además una no anda con una cinta métrica revisando las distancias entre los cuerpos A y B. Eso se lo dejo a los locos. Qué espanto eso de andar midiendo la separación que existe de aquí a allá en unidades métricas. La cosa es simple en metros: Ella está “aquí” y él está “allá”. Pero la distancia no sólo se mide, se siente también. Y yo siento que él no está en el mismo lugar donde lo dejé el primer día. Ni siquiera está donde lo dejé anoche. El punto es, que si sólo fue un centímetro, es más fácil que regrese.

Ya lo de los metros supone palabras mayores.

Yo tengo una amiga que es descomplicada. ¿Existe la palabra descomplicada? ¿Existe en realidad una persona descomplicada? No lo sé, pero si existiese sería como ella. A ella no se le movió B un centímetro, se le movió seis mil kilómetros. ¡Seis mil kilómetros, qué cagada! A mí se me mueve B un centímetro y estoy haciendo un drama. Ella no, está fresca. ¡Fresca! Perdón por los gritos, pero estoy desesperada. He comenzado una vez más a sufrir por la separación de los cuerpos. Ese sufrimiento que empieza en la punta del dedo del medio, avanza en un cosquilleo molesto por el brazo izquierdo, se conecta en forma de descarga eléctrica con el corazón, y enciende el interruptor que activa las lágrimas de cualquiera de dos de los cuatro ojos que tengo. Es decir, yo sé que está lejos porque me duele y con dolor también se mide la distancia.

Por las noches cuando B se ausenta, la cinta métrica se desliza, se estira, se extiende, se ____________. A veces habla, a veces abre su boca amarilla y deja entrever la furia de sus dientecillos negros. Con los dos extremos se abraza, se aprieta, se encoge, se repliega, se ____________. La cinta métrica sólo puede medir con esa boca. Yo no. Yo a veces mido con la boca del estómago. He allí la diferencia entre nosotras, ella no tiene estómago, de tal manera que no tiene cómo desfogar las desapariciones constantes, la distancia injustificada, los retratos vacíos. Ella es lava, yo a veces logro entibiarme.

Él está gélido.

Pero regreso al cuento de mi amiga. Hace algunos meses, ella conoció a él. Ella escribe de profesión, él la admira a ella. Cuando lo conocí a él, pensé que era la pareja perfecta, y miren que yo podría ser la pareja perfecta pero los escogí a ellos. Después de un par de meses empezaron a hacer planes juntos. Qué lindo. Después de un par de meses más se mudaron juntos. Bello. Después de un par de meses más, más, él la embarazó a ella. No sé qué pensar. Después de un par de meses más, más, más, ella perdió al bebé de él en un centro comercial. Qué triste. Cuando supe que ella iba a ser madre me alegré en la superficie, pero en el fondo hubiese querido ser yo. Siempre he tenido temor a no llegar a ser madre. Todavía puedo ser la pareja perfecta. Pero se me va el hilo. Yo estoy hablando de la distancia y de las pérdidas y aquí viene el tema: él se fue. No sé qué sucedió, yo de dejé de frecuentarlos por un tema de metros, ni qué decir si fueran seis mil kilómetros. Pero ya ven, si fuera porque ella perdió al bebé no seguirían viéndose todas las noches por skype. Ahora con la tecnología nadie se complica con la distancia. ¿Ven cómo no se mide la distancia en metros? Élpodrá estar a seis mil kilómetros, pero aún así está cerca de ella.

En cambio yo.

El sujeto se ha movido un centímetro. ¿Un centímetro es un metro, verdad? Entonces se ha movido aproximadamente unos diez kilómetros. Ya no está en mi cama. Y su lado está frío. Se fue hace mucho. Me duele el brazo izquierdo. ¡Ay, ay! Si me infarto ahora mismo me quedo tiesa y sola. ¡Malditos sistemas de medición! Cuando me encuentren, ¿meterán en mi caja la cinta métrica? Voy a dejarlo en el testamento, si no, ¿cómo voy a hacer para aprender en mi siguiente vida? Yo no medito como para creer en nirvanas. No medito, ni aprendo, no sé de física, no sé medir ni el tiempo, ni el espacio. ¿Dónde está B? ¿Dónde está B? ¿A dónde me llevan?

El peso es otro tema, lo ideal es que A y B pesen lo mismo, pero qué pesado B, qué pesado. En todas las acepciones. Mi amiga la descomplicada no me lo dijo verbalmente pero me lo dijo con los ojos. Los ojos también hablan, y miden, y eso que no son cinta métrica. Cuando yo pensé “son la pareja ideal”, ella no pensó lo mismo de nosotros ni por delicadeza. Ahí fue cuando le eché un par de kilómetros encima. Se los merecía. Yo siempre he estado para ella hasta cuando los él que ella escogía no servían para nada. Y que quede por sentado que muchos no servían para nada. Pero la cinta métrica. Cuando comencé a medirle la barriga a B, no era necesaria la balanza para saber que ya no pesaba lo mismo. Y a mí los cambios no me van. Ni un centímetro. Ni un metro.

Ahora me doy cuenta de que lo que a B no le gustaba era que lo midieran. Eso, el problema evidentemente fue la cinta métrica porque se la ha llevado. Pero él me obligó a usarla, él y su horrible costumbre de alejarse más de un centímetro. Era divertido cuando usábamos la cinta métrica para atarnos. Con ella también nos vendábamos los ojos. Es decir, la cinta métrica durante un buen tiempo fue entretenida. Pero ya no sé, no sé nada. Nunca fuimos la pareja perfecta. No sé si para B era entretenido cuando me intentó ahorcar con ella, seguro que sí porque lo hizo más de una vez. Qué bien se siente esa sensación de que alguien te ama hasta la muerte, provocada por quien sea. Muerte es muerte. Yo no lo maté a B, por ejemplo. Él murió solito, enredado en la cinta métrica, espero que no lo metan en la caja con ella porque es mía. Está en mi testamento. La mostraron en el juicio como evidencia, pero hubiera sido imprudente interrumpir al juez para decirle que era mía, ¿no?

Originalmente publicada en Revista SOHO (2014)

Esto no es un blog de reseñas de libros. Yo escribo lo que vivo cuando leo.

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